<<Siempre me he preguntado cómo
es posible que un órgano que ha sido roído, desquebrajado, roto, manipulado,
mentido y acribillado por las miles de insidias que recorren nuestra vida, es
capaz de recomponerse y seguir latiendo; cómo puede ser que aquello que te mata
y envenena es en el fondo es lo que más te atrae y cómo de cierto es que el
amor puede ser la salvación a cualquier mal. ¿Tan obvios y predecibles somos?
¿Tan estúpidos hemos nacido que hacemos depender toda nuestra felicidad en
aquello que más dolor puede causarte? >>
Vuelvo a
llegar tarde. Genial.
Cojo la
mochila rápidamente y salgo furiosa de casa. Si vuelvo a llegar tarde me
volverán a poner un a falta y ya no podré examinar en aquellas dichosas
asignaturas que llevo estudiando desde que empecé ese asqueroso curso.
Me fallan
las fuerzas, lo noto, otra vez.
Corro un
minuto más hasta que me doy por vencida. Es inútil. En realidad ya sabía ayer
por la noche que iba a llegar tarde, siempre pasa igual.
Después de
recuperar un poco el aire, camino hacia un pequeño parque cercano. Cuando era
pequeña me encantaban esos lugares, al igual que ahora. La diferencia es que
antes iba para jugar en los toboganes y columpios, mientras que en este momento estoy simplemente para
desconectar.
Me tumbo en
la hierba húmeda al compás de Complicated,
de Avril Lavigne. Cierro los ojos y
trato de hacer como si no hubiera pasado nada, como si estuviera en mi cama, o
mejor aún; en cualquier otra cama lejos de este mundo. Mi pulso se relaja y mi
corazón adormece. Entro en trance. Estoy a punto de darle al botón de apagado
cuándo un balón roza mi cara. Me levanto agitada y veo a dos chicos pequeños
acercarse a pedirme el balón. Después de cumplir su deseo vuelvo a mi anterior
posición. Noto un suave cosquilleo propio de una hormiga que sube por mi brazo,
lo cual me relaja tanto que consigo desconectar por fin de este mundo.
Las notas se
mezclan con pensamientos y el dolor se convierte en templanza. Siento como si
todo desapareciese, como si el mundo dejara de ser mundo, como si yo dejara de
ser yo… tú.
Tú. Tú. Tú.
Tú. Tú.
-
Tú.
Abro los
ojos de par en par, a la espera de encontrar una figura cerca. Definitivamente
no hay nadie aquí. Sé que me han hablado, lo sé. He sentido su aliento sobre mi
oído.
Me pongo de
pie de nuevo, recojo mis cosas y pongo rumbo a casa. Supongo que mi madre habrá
ido ya a trabajar y es mejor que duerma un poco. Sé que estoy tirando por la
borda un curso entero pero… ahora mismo me da igual todo.
Las calles
están enmarañadas de recuerdos. Cada una me susurra algo, me estremece, me
atrapa en sus vivencias y me deja inerte de nuevo. Nunca debí regresar.
-
Tú.
Me paro en
seco, dificultando el camino a varios peatones. Todos me miran como si
estuviera loca. ¿Me estoy volviendo así?
¡No! Yo lo he oído.
Camino
deprisa hasta llegar a un callejón. Me enciendo un cigarro y subo el volumen de
la música. Sé que me voy a quedar sorda pero si con ello consigo dejar de
escuchar a este mundo…
Me siento y
dejo que el cigarro se consuma con mis caladas. El humo me adormece; necesito
dormir. Una ráfaga de aire azota mi cara; la primavera se acerca.
Oigo pasos,
demasiado fuerte para lo alta que está la música. Solo espero que no sea ningún
ladrón. La verdad es que ese callejón solo me gustó por sus ruinas, similar a
lo que se ha convertido mi vida.
-
Tú.
-
¡Tú!
Le veo. Está
ahí; mirándome.
-
Tú.
-
Tú…
Sostenemos
la mirada unos segundos. El aire sigue azotándome la piel, la primavera se
adentra en nuestro calendario, las ruinas del callejón siguen siendo el
sinónimo de mi vida y yo me voy a quedar sorda. Todo sigue igual. Pero mi
corazón no. Mi corazón ha empezado a latir y digo empezado porque comparado con
esto, lo de antes no era latir.
-
¿Me
has estado siguiendo?-le pregunto quitándome los cascos.
-
Tú-me
tiende la mano y me ayuda a subir.
-
¿Y
cómo hacías para susurrarme sin que yo te viera?
-
Tú.
-
¿Por
qué no me respondes?-me cruzo de brazos pensando que me está tomando el pelo.
-
No
te estoy tomando el pelo.-abro los ojos sorprendida y doy dos pasos atrás.-No
te asustes, sé que estabas pensando eso por tu cara.-ríe. Ríe y yo río. Como si
nunca hubiera sabido lo que es reír hasta que su boca se abriera y mostrara esos
hermosos dientes.
-
¿Y
cómo te llamas? ¿Tú?
-
No,
yo me llamo yo.
Le miro mal
y esbozo una sonrisa. Él se limita a observarme hasta que paro. Algo se ha
despertado dentro de mí. Algo que rompe con todo y al mismo tiempo unifica.
Algo llamado…
-
Me
llamo Grief.
-
¿Grief?
Nunca lo había oído.
-
Es
un apodo.
-
¿Y
cuál es tu verdadero nombre?
-
Todavía
no te conozco tanto.
-
¿Y
se puede saber por qué estás aquí?
-
¿No
puedo?
-
Por
poder puedes, pero no es un buen lugar.
-
Entonces
¿por qué estás sentada en este callejón?
-
Me
gusta estar aquí.
-
¿Por
qué sientes que tu vida es igual?-mi mirada atraviesa tus pupilas. No sé muy
bien qué decir.-No te preocupes, no diré que necesitas abrazar a la soledad en
el sitio físico más parecido a como sientes que es el mundo.
Se gira y
emprende camino hacia la luz. Yo le sigo con la mirada, dibujando cada paso por
el que se aleja de mí. Mis sentimientos ahora mismo están en un vaivén de
zozobra y anhelo.
Tú. Tú. Tú.
Tú. Tú.
Tú, yo y
esas ruinas que un día fueron mi felicidad.